Hace muchos años, cuando tenía
unos 9 años aproximadamente, vacacionaba con mi familia en Mar del Plata, en el
hotel que nos hospedábamos la conocí, la chica del pañuelo.
Con uno de mis hermanos, Héctor,
siempre nos contábamos cosas muy personales, muchas veces de forma artísticamente
adornadas, exageradas, ambos lo sabíamos, pero nos gustaba contarlo así y
escucharlo también.
La miraba todo el tiempo, ella
tendría 8, quizás. En el comedor, teníamos mesas cercanas, por lo que esperaba
verla en cada desayuno, almuerzo, merienda y cena de aquellos once días. Demás
está aclarar que jamás intenté una conversación pero no dejaba de mirarla
embobado y sentía en ella una mirada similar.
No supe su nombre, sólo fue
reconocida en mis historias como “Pañuelito” por el pequeño pañuelo de gasa con
el que se ataba su largo pelo lacio.
Alta, hermosa, un sueño.
Varios años después, nuevamente
en el mismo hotel, yo ya 14 o 15 años, como una ilusión óptica, creí verla
nuevamente, con el mismo pelo lacio largo y castaño, más hermosa que antaño.
- - Héctor, no lo puedo creer, está “Pañuelito”.
No se acordó de inmediato, pero
yo nunca me olvidé. Efectivamente estaba nuevamente ahí. Esos poquísimos casos
en los que la vida repite oportunidades.
El primer día solo la miraba,
nuevamente, embelesado, aturdido, congelado.
El segundo día, de los nuevamente
once, le hablé. Así como de la nada, con la trivial y “desnudante” pregunta: ¿Puede
ser que hace unos 5 o 6 años te hospedaste acá? Encontré la sonrisa cómplice
más hermosa que hasta ese entonces pude ver y una explosiva y asombrada confirmación
fue empujando la conversación y las sonrisas.
Bellísimos diez días compartidos
con Sandra, si… tenía nombre… Sandra Lince de Garín.
Garín, si, lejísimo para mí, pero
al regresar a mi casa, no podía olvidarme así como así y me fui para Garín sin
saber ni siquiera donde vivía. Viajé mucho, en tiempo y cantidad de transportes…
casi 5 horas. Finalmente bajo de un tren en la estación de Garín sin más que un
nombre y apellido. Empecé a recorrer comercios de la estación indagando por “la
familia Lince” hasta que un comerciante reconoció mi devoción desesperada y me
indicó como llegar.
Tres de la tarde de un verano
intenso, llego a la puerta de la casa y me inundó una infinita alegría y
vergüenza al reconocer a la madre de Sandra regando el jardín. Me mira azorada,
con una sonrisa muy amplia, pensaría “este pibe está loco”, y como en una
escena cómica bizarra y sabiendo que vivía en la otra punta me pregunta:
- - Eduardo! ¿Qué hacés por acá?
Y yo absolutamente inmovilizado
sólo atiné a responder:
- - Pasaba por acá y quería saludar.
De inmediato, y sin poder
sostenerlo ni un segundo estalló en carcajadas, no era para menos, mi respuesta
no podía ser más ridícula.
Llama a la hija, pero se estaba
bañando. Dejó de regar y me sebó unos mates hasta que Sandra apareció.
Pasamos la tarde en el jardín
tomando mate y charlando como si fuera parte de nuestra vida cotidiana y ya
atardeciendo me dicen que se iban a un cumpleaños en Haedo, si, y me trajeron
en camioneta hasta mi casa.
Esa fue la última vez que vi a
Sandra, La chica del pañuelo.

La chica del pañuelo by A. Eduardo Spina is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://calistortio.blogspot.com.ar/2017/08/la-chica-del-panuelo.html.

La chica del pañuelo by A. Eduardo Spina is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://calistortio.blogspot.com.ar/2017/08/la-chica-del-panuelo.html.

No hay comentarios:
Publicar un comentario