lunes, 2 de agosto de 2010

Un mate más.

La escarchada mañana le daba la primera bofetada del día, casi como una intimidación. Como una amenaza predestinada. Mas tal como cada día, ignoró la señal, ignoró ese malestar inexplicable y trató de olvidar su sueño recurrente.
Se dispuso a desayunar y luego de sacar unas rodajas de pan lacteado de la heladera, para que tomen temperatura ambiente, fue en busca vana de la caja de fósforos, no importa cuanto buscó, los fósforos no aparecieron. Se resistía a dejarse llevar por la idea de “por algo será que no aparecen” pero insistió… pero tampoco. Luego de un buen rato, ya presuroso a ingerir su infusión predilecta, el mate, revolviendo ya en su pieza encontró un viejo encendedor en una mochila que yacía en el placard y que hacía años no utilizaba. De inmediato se dirigió a la hornalla, giró la perilla y oyendo salir el gas de la misma dudó y paranoicamente la cerró. Así una y otra vez peleaba entre su paranoia de morir y la necesidad cada vez más exagerada de tomar unos mates.
Por fin dejó que el impulso original tome delantera y encendió la hornalla, colocó la pava encima, encendió la radio y se sentó junto a la ventana cerrada, abrió la caja en la que desde hace años guarda las cartas de un amor que no pudo ser y se dispuso a examinarlas, lentamente y respetando su cronología, como si por alguna razón quisiera revivir las circunstancias tal cual como había sucedido.
El agua ya había tomado la temperatura adecuada y llevó la pava a la mesa donde el mate ya estaba preparado. Seba el primero y mientras la yerba se hidrata abre la segunda carta. El gesto de su cara se iba transfigurando, realmente estaba compenetrado en la lectura reviviendo cada minúsculo instante recorrido en esos amarillentados papeles.
El tiempo pasó rápido y no tuvo más que guardar aceleradamente la cartas en ese pañuelo desgastado de ceda estampada, para luego ocultar todo en una caja de zapatos gris que colocaba al fondo de la parte superior del placard.
Y como cada día acomodó su corbata frente al espejo de la entrada, se colocó el saco, separó las monedas para el colectivo y salió como cada día hacia la oficina en la que trabaja para sumergirse en su labor cotidiana de modo de, al menos por unas horas, no pensar en su siguiente día cuando se acercará a la hornalla y buscará desesperadamente los fósforos.

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Un mate más. por Antonio Eduardo Spina se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 3.0 Unported.
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