Uno siempre lo
sabe, pero es muy fuerte detenerse en el hecho que nadie es solo, o sola,
somos, si obvio que somos, pero la mayoría de lo que somos depende del resto,
la gente que tuvo y tiene que ver con nosotros. Incluso aquella gente que ni
conocimos ni conoceremos, pero llegó a nosotros algo que dijeron o hicieron y
nos cambian la sintonía.
En mi caso,
siempre sucedió y no creo que deje de pasar que, la música, en particular las
canciones, mucho más específicamente las letras de las canciones, me obligan a
parpadear convicciones, a discutir certezas. Mucho más bello si me pasa con
amigos, que tras desgranar profundidades y jaquear ideas modifico algo de lo
que llevaba.
No es menor el
caso de la observación del rededor, ese padre hamacando a su hija, esa pareja besándose,
ese comentario de mi vieja hace veinte años de lo que recién me cae la ficha,
observarme a mí mismo gritándole a alguien sólo porque perdí el control de la
situación, escuchar a todas las personas que hacen política y sus relatos de
propaganda, y ni hablar de los medios de desinformación masiva.
Nunca me voy a
olvidar de algo que me comentó Mariana mientras viajábamos en el colectivo 1
desde Morón a Ramos Mejía, una persona que fue gigante en mi vida en su momento
-hoy creció-, y por alguna razón aún resuena en mi memoria. Me planteó la loca
idea en la que debí imaginar que cada quien lleva atado a sí un hilo dorado
infinito y como andamos nuestras vidas se va desovillando y por ende
entretejiendo con los del resto de las personas formando, algo así como, la
tela de la vida. Más allá que me estaba enamorando tanto que todo lo que decía me obnubilaba, la realidad es que, a partir de ese día, jamás pude volver a pensar
en las relaciones interpersonales sin tener en cuenta aquel tejido.
A partir de
acá, les presentaré aquellos momentos en los que aquello que se fue tejiendo en mí
fue especialmente significativo.
De muy
pequeños, los recuerdos son muy abreviados, pero vamos con lo que hay. Siempre
formé parte, desde muy pequeño de una clase media baja, especialmente durante
mi niñez –lo que no me impidió tener una niñez sumamente feliz, a la que ya
haré mención-, mi vieja ama de casa, mi viejo empleado afiliado a un sindicato
que los veranos organizaba colonias de vacaciones de los hijos e hijas de los
afiliados. Desde los 7 años hasta los 12, todos los veranos, pasaba 11 días en
Tanti, Córdoba, junto a otros 39 pibes y 40 pibas… todo comenzaba en la
estación Retiro despidiendo por la ventana del tren “Rayo de Sol” a nuestros
padres y concluía en el mismo lugar al arribar.
En “La colonia”
en el año ’75 o '76, descubrí a mis tiernos 7 años, que una mujer (niña en aquel momento)
me sucumbía, y si pueden pensar: ¿un niño de 7 años enamorado? Si, lo estaba, y
esto es lo que más revela esta parte de mi historia, mi timidez y mi temprana
devaluación de estima me impidieron acercarme y hablarle, y saber su nombre, en mi memoria “Ratita”, las
mentes perversas que formaban mi grupo (por edad, ella era menor que yo) la llamaban así porque era muy menudita
y con ojos grandes.
Allá por el ’77
- ’78, a la vuelta de la casa de mi abuela, jugábamos a policía y ladrones y uno de mis dos hermanos, en un momento se me acerca y me
amenaza con una piedra triangular, tomándola como si fuera una pistola: “Alto o
disparo!” y en cuanto me moví me la partió en la frente, obvio que sangrando y
todo lo corrí para ahorcarlo, pero cuando se me pasó la calentura comprendí que
mis “amigos" (varios años mayores que él) lo habían manipulado para que lo haga
y poco tiempo después comprendí que lo dicho en el Martín Fierro es más verdad
de lo que solemos creer y si, los hermanos sucumbimos frente a la sed de odio
de “los de afuera".
En la
adolescencia es, estoy convencido, cuando empezamos realmente a “ser” y allá
por el ’84 me enamoré de Sonia, quien al principio generó un conflicto muy
grande en mí, primero porque era un poco mayor a mí, pero especialmente porque
era de Los Ángeles, USA y siempre tuve (y tengo) una gran aprehensión con los
yanquis, pero ese problema se subsanó en cuanto nos empezamos a conocer. A esa
edad la relación pueden ser muy inestable, y esta lo fue, entre estar y no estar juntos fallece
producto de un intento de abuso de la pareja de su madre... si hubiese tenido
un arma!… por primera vez en mi vida me sentí desolado, decenas de gente
conmigo, pero nada me consolaba. El tiempo logra milagros, pero desde esa vez
nunca puede entrar a un velorio.
Más o menos
por el mismo año, convocan a Héctor (uno de mis hermanos) a entrenar en Voley en el Estudiantil
Porteño y me sumé, entrenamos todo el año 6 y 7 día por semana, pero llegó la
hora de Federarse, el club estaba en primera de vóley y como éramos socios
deportivos (no pagábamos cuota) nos tendrían que haber federado en blanco (como
una especie de pase libre) y ahí es donde aprendí que las bellas historia de
películas sólo se reservan a las películas, la única forma de continuar era haciéndonos
socios lo que no estaba a nuestro alcance.
Durante 1987 y
la primera mitad del ’88 hice el servicio militar, en aeronáutica, en El Palomar, y aprendí con gran eficacia el individualismo y el tráfico (no aéreo), y tengo
que escuchar gente ignorante y reaccionaria decir que con la colimba se
aprenden valores. 18 meses de colimba por ser sincero: resulta que después del
entrenamiento físico que tenía y la maldita suerte fortuita de tener 10 en tiro, me convocan, junto a otros 8, a ser “dragoneante”, paso a explicar, es una
especie de medio cargo entre un soldado y un cabo, y un tema no menor,
especialmente a tan pocos años de Malvinas y a un par de semanas de “La casa
está en orden… Felices Pascuas”, y especialmente por mi sed antimilico. El dragoneante tiene en su DNI una leyenda que
dice “Sale de baja como Cabo de Reserva”, no quería bajo ningún punto de vista. La cuestión es que me negué –el único-
bajo el argumento (en una reunión entre 3 milicos y los 9 candidatos) de: “voy a
ser una mierda para mis compañeros y una mierda para ustedes” y eso se tradujo
en que me quedé hasta la última baja. Otro aprendizaje… ser franco tiene altísimos costos… que triste.
Fines del ’88 ingreso
a laburar en Segba (Hoy privatizadas Edenor, Edesur, Edelap, etc) sumamente
feliz, buen laburo, buen sueldo, buena obra social… primero en la calle:
zanjas, postes, medidores, etc… para escalar se suponía existía una orden de antigüedad
+ mérito, pero me cansé de ver pibes que ascendían a pesar de estar detrás de
mí, al apelar aparece el “por qué no hablas con tu viejo” (mi viejo
sindicalista) obvio aprendí que tener principios es sinónimo de estupidez. Pido
el pase a la oficina, me lo otorgan, la categoría era mayor pero el sueldo el
mismo… segundo día de lauro, en archivo, se me acerca a convidarme un mate algo
así como el patriarca de la oficina y después de algunos comentarios inocuos me
pregunta: “¿pibe qué hacés?” A lo que estúpidamente atónito le contesto: “ordeno
el archivo” y me dice “pibe: esta pila está hace mucho acá, si segúis a este ritmo
la limpiás en una semana… y si hacés eso todos los demás quedamos al
descubierto… entendés?”… y ahí aprendí que como sociedad estamos fritos, porque,
aunque yo estaba en el camino correcto, la prepotencia no me permitiría
continuar.
A comienzos de
los ’90, después de años de que la oficina, de 42 empleados, trabaje con dos computadoras
y tres lectoras de microfilm…. Si! Lectoras de microfilm, La gestión del ex
presidente Carlos Saúl dota a la misma de una PC por escritorio, una IBM por
escritorio justo cuando ya se sabía que una empresa francesa ya había comprado
esa terrible empresa deficitaria, y todo esto fue posible por la
propaganda y la manipulación mediática, cosa que aprendí en aquel momento. En
ese contexto funesto, por la forma en la que resolvía los problemas (de
facturación) la gerencia me ofrece un puesto que me significaba un avance inimaginable, un gran ascenso…
si, hay un pero, la categoría de ese puesto era más alta que la de mi superior
inmediato en aquel momento, el cual observó que le resultaba indispensable para
el servicio. No me dieron el puesto, ¡renuncié… no era realmente imprescindible
Luis Mazzeo! Y aprendí de la miserabilidad.
En aquel
entonces estudiaba en el Conservatorio de Música de Morón, y medio sin
proponérmelo, del todo, comencé a dar clases de música en Jardines de infantes y
primarias, y aprendí que entre los 3 y los 8 años somos personas geniales y aún
me pregunto… ¿qué pasa después que se pierde en la mayoría de la gente?
Cerrando el
siglo XX estaba casado con quien tuvimos en el nuevo siglo dos locuras de
personas y con quienes aprendí que lo único que está es mis manos es brindarles
herramientas, cuando las pidan y si es que las tengo, por el resto sólo me
queda ver y también aprendí que el amor por un hijo es incondicional… y cuando digo esto vuelve a resonar en mi
cabeza la voz de Mariana que en una charla en la plaza Gran Tiá de Haedo norte
me dijo exactamente eso… “El único amor incondicional es el de padres a hijos”.
… seguirá…
Eduardo Spina